Uruguay.- “Mujica con el 48% se sintió derrotado, Lacalle con el 27% habló como futuro presidente y Bordaberry con el 17% festejó el triunfo”. El texto, enviado como mensaje por los celulares, reflejaba el ambiente que se vivía en la templada noche montevideana y decía mucho sobre la política uruguaya.
En la tarde de ese domingo nadie dudaba que se fuera a repetir el triunfo del Frente Amplio. Según las encuestas, José Mujica bordearía el 50% y podría hacerse innecesaria la segunda vuelta. El excelente desempeño gubernamental de ese partido y la promesa de continuación de las políticas sociales redistributivas, dentro de un manejo económico responsable, llevaban a propios y extraños a considerar que ese sería el resultado más probable. Pero, una vez conocidos los resultados preliminares, los escasos puntos que le faltaron para alcanzar la mayoría absoluta cayeron como un baldazo. El desánimo se apoderó de quienes aguardaron toda la tarde en las instalaciones del hotel que servía de base de operaciones. Sin embargo, con mayor realismo político, sus seguidores coparon con su festejo la emblemática calle 18 de julio.
La oportunidad de observar directamente el desarrollo de la jornada electoral uruguaya deja ver las enormes diferencias que existen entre ella y la que se practica en Ecuador y en muchos países del continente. Un primer aspecto, destacado por la prensa latinoamericana, es el bajo grado de polarización. La lucha política asentada en el debate programático e ideológico no deja lugar para el insulto. La descalificación del adversario (peor si es en términos personales) solamente serviría para debilitar la propia posición porque sería expresión de ausencia de argumentos.
Un aspecto menos difundido por los medios es el alto promedio de edad de los dirigentes políticos. El propio Mujica ya juega en la subochenta, para decirlo en la jerga futbolística que tanto gusta por allá. La mayor parte de los miembros de las cúpulas partidistas tienen largas trayectorias dentro de su organización y en las actividades públicas, sin que nadie les pida que se retiren por viejos. Obviamente eso tiene relación con las características de la propia población uruguaya, pero es también una expresión del valor que se da a la experiencia y de la importancia que se asigna a la estabilidad institucional.
Posiblemente lo que más llama la atención es la baja personalización de la política. La competencia es entre partidos, como corresponde a un debate programático. Los líderes mesiánicos son una especia exótica, desconocida y rechazada. Por esa misma razón, nadie espera soluciones mágicas. Nadie vota por quien tiene las condiciones más parecidas a estrellas del espectáculo ni por el que mejor habla, canta o baila, como lo comprueban la imagen y el discurso del triunfador de esta jornada, que probablemente será el futuro presidente.
Austeridad y responsabilidad podrían ser palabras adecuadas para definir a la política uruguaya. Pero, en lugar de buscar adjetivos, tal vez sería mejor llamarle modestamente democracia. Por ello, ni siquiera a los ex tupamaros se les ha ocurrido calificar como revolución a su propio proceso.
*Foto extraída de www.infobae.com