*Publicado en La Tercera
Todo periodista político está en estos días bajo una presión insufrible: ¿Quién ganará el domingo? La respuesta no depende de los deseos de nadie, sino de los números, y de la incógnita acerca de si la segunda vuelta será o no estrecha, como se ha anunciado por más de un año.
¿A qué se llama estrecha? A una diferencia de tres puntos, que en realidad es 1,5 para cada lado: 51,5 versus 48,5. Si los votantes del domingo fuesen los mismos que el 13 de diciembre, con el mismo número de blancos y nulos, esos tres puntos serían cerca de 208 mil votos de diferencia entre uno y otro. De ahí para arriba ya no se puede considerar estrecha: cuatro puntos (52 a 48) son 277 mil votos, y seis (53 a 47) es más de medio millón.
Pero, antes de ver la diferencia, cabe preguntarse cuánto necesita cada candidato para ganar. Si las votaciones del domingo fuesen idénticas en números a las de diciembre, Sebastián Piñera necesitaría agregar, en números redondos, algo más de 412 mil votos para sobrepasar el 50%. Eduardo Frei, en cambio, requeriría añadir algo más de un millón 415 mil votos. Desde luego, esos votos estuvieron, en la primera vuelta, entre Jorge Arrate (430 mil) y Marco Enríquez (un millón 396 mil).
El supuesto de que la votación de Arrate se traslada a Frei deja al candidato oficialista frente al problema de un millón de votos, todos los cuales estuvieron con Enríquez. Suena difícil, pero no imposible. Tampoco es fácil para Piñera conseguir los 412 mil que necesita del "marquismo".
Hay otro caudal de sufragios, mucho menos previsible, entre quienes votaron blanco y nulo en diciembre pasado: algo más de 284 mil votos. En las segundas vueltas anteriores los nulos y blancos disminuyeron un 31% (2000) y un 23% (2006), lo que sugiere que una competencia más acotada moviliza más que una muy abierta.
La de diciembre fue la elección presidencial con más votos blancos y nulos desde 1989, y no hay ninguna garantía de que ese número no pueda aumentar luego de la caída de dos de las cuatro candidaturas.
De todos modos, la probabilidad de que voten exactamente los mismos electores es cercana a cero: lo más seguro es que haya variaciones hacia arriba o hacia abajo.
Si el número de votos válidos disminuye -vía abstención o aumento de nulos y blancos-, se achica la base 100: es decir, se reduce el número de votos que debe sumar cada candidato para superar el 50%. Obviamente, esto favorece al que ya está más cerca de la mayoría; en este caso, a Piñera.
¿Hay algún motivo para que disminuya el número de votantes? No es totalmente claro, pero suena lógico que ello ocurra cuando se ha extendido la percepción de que uno de los candidatos tiene el triunfo asegurado y, por tanto, el voto individual tiende a perder su significado relativo. Esto es lo que parece haber ocurrido en la segunda vuelta del 2006, cuando la ventaja de Michelle Bachelet sobre Sebastián Piñera era muy holgada: casi 45 mil votos se restaron en esa ronda, aunque la disminución de nulos y blancos compensó tal caída.
A la inversa, si el número de votos válidos crece, el resultado se hace más incierto.
¿Cuándo aumenta el número de votos válidos, o de votantes netos? Según la ínfima evidencia previa, ello ocurre frente a una elección que se percibe estrecha, incierta y hasta dramática. En la segunda vuelta del 2000 -Lagos versus Lavín-, los votantes crecieron en más de 55 mil respecto de la primera vuelta y más de 68 mil votos nulos y blancos se convirtieron en válidos. Entre ambas cosas, hubo más de 123 mil votos válidos nuevos, algo nada menor si se considera que Lagos se impuso a Lavín por 187 mil votos. Esa fue una elección estrecha.
Si las elecciones del domingo lo fuesen, entonces el deslucido apoyo de Enríquez a Frei podría tener alguna importancia, para reducir la abstención o el número de blancos y nulos. Pero si el margen favorable a Piñera es amplio, tal apoyo no habrá tenido significación alguna.
De igual modo, si trata de una contienda apretada -como creen en la Concertación-, la situación de Frei depende, en buena medida, de reducir la abstención y dar vuelta a su favor el máximo número de votos blancos y nulos. Pero si no es estrecha -como creen en la coalición-, significará que el descontento con el oficialismo, expresado como señal en diciembre, es más profundo y perdurable de lo que se creía.