*Publicado en Reportajes de La Tercera
La invención de la frase se atribuye a Oscar Godoy. Pero quien la oficializó fue Andrés Allamand, en una calurosa noche de 1992, bajo una carpa armada entre los containers de la Caleta Portales, que se hizo inolvidable por el enojo de Sergio Onofre Jarpa con el ambiente norteamericano de la fiesta, por la emoción del joven político que asumía la presidencia de Renovación Nacional y por las minifaldas de Evelyn Matthei y Lily Pérez.
“Democracia de los acuerdos”: la frase mágica con que RN buscaba dejar atrás al pinochetismo intransigente, diferenciarse de la UDI y colaborar con el gobierno de Patricio Aylwin.
Eran otros tiempos. Pero es posible que sus protagonistas los recuerden como algunos de los mejores momentos de sus vidas políticas, como lo sugieren los elogios del Presidente electo a esa primera administración de la Concertación.
No es únicamente la nostalgia la que ha movido a Sebastián Piñera en su llamado a revivir la “democracia de los acuerdos”.
En primerísimo lugar, el suyo es un esfuerzo por generar un clima político nuevo, que deje atrás el ambiente agresivo de la campaña y la sensación de shock que viven los que dejarán el gobierno. Es también un intento por modelar a su futura oposición, ofreciéndole un camino de competencia de baja intensidad. Y, last but not least, es igualmente un anuncio amable de que su estrategia de mediano plazo será la de dividir (“diferenciar”, dice uno de sus colaboradores más cercanos) a esa oposición entre moderados e intransigentes.
Pero 2010 no es 1992.
La “democracia de los acuerdos” de hace 18 años no fue una solicitud del gobierno, sino una propuesta de la oposición. Quien la requería no era Aylwin, sino el partido dirigido por Jarpa y después por Allamand. A Aylwin le vino de perillas, porque sin ella no habría podido obtener algunos de los avances que fueron sustanciales para su gestión; pero el suyo era un gobierno dispuesto a romperse la crisma si se le negaba la sal y el agua. A Piñera también le vendría de perillas, pero su gobierno no corre ningún riesgo parecido.
¿Qué produjo, al fin, la “democracia de los acuerdos” en los 90? Cuatro grandes reformas legislativas. A la reforma tributaria (Piñera y Matthei), la reforma laboral (Piñera y Manuel Feliú) y la capacidad de indulto presidencial (Jarpa y Alberto Espina) se opuso férreamente la UDI, que en su saber convencional todavía atribuye a esta última incluso el asesinato de Jaime Guzmán. En la cuarta reforma, la creación de los gobiernos regionales y la elección directa de los alcaldes, sí concurrió la UDI.
Sin esas cuatro reformas, Aylwin no habría podido resolver tres nudos centrales para su gestión: el ambiente de desequilibrio social, la liberación de los presos políticos y la expansión de los mecanismos democráticos. Pero esa misma oposición no dio sus votos –sino hasta muchos años más tarde- para terminar con los senadores designados, con la inamovilidad de los comandantes en jefe, o con la legislación que amparaba las violaciones pasadas a los derechos humanos.
En otras palabras, la “democracia de los acuerdos” tenía tantas virtudes como limitaciones, lo que expresaba también las limitaciones de las instituciones, los partidos y los individuos que fueron la pauta de la transición. Como acto político, era ocurrente y audaz, pero carecía de poder y de consenso interno. No habría sido posible sin la hegemonía relativa de RN sobre la UDI. Pero mientras el primer partido negociaba y se convertía en “la llave de la transición”, el segundo elegía una línea testimonial de reforzamiento de su identidad. Veinte años después, la UDI es más fuerte que RN, aunque no tenga al Presidente.
Para Aylwin, el panorama institucional era un páramo, con el Estado semi-secuestrado con Pinochet y con la sociedad hundida por el miedo. Piñera no se encuentra con nada parecido.
Según el análisis de uno de sus asesores, todas las encrucijadas legislativas de gran envergadura quedaron resueltas durante los años de Bachelet. La enumeración es breve, pero contundente: la reforma previsional, que quitó el semblante grotescamente excluyente del sistema; la ley general de educación, que eliminó la explosividad de la LOCE; la modernización del Ministerio de Defensa, que creó un nuevo horizonte para las Fuerzas Armadas; el financiamiento permanente del Transantiago; y la creación del ministerio y la ley de bases del medio ambiente.
Negociado bajo el gobierno de Piñera, cualquiera de estos temas pudo ser un infierno. Pero ya están despejados. Quedan, quizás, el de la nueva generación de reformas laborales –el campo donde la derecha suele tropezar- y el del perfeccionamiento del mercado de capitales –donde la derecha se pone creativa.
Esto puede parecer sorprendente, pero es posiblemente que sea una de las claves del triunfo de Piñera: en los cuatro años pasados, la Alianza (después Coalición) aprendió a equilibrar un papel de oposición de boca dura, cargada de acusaciones y enojos, con una disposición más silenciosa a aceptar acuerdos políticos con el gobierno. Sin esos acuerdos, no se explica el éxito en estas leyes claves. La Concertación no se dio ni cuenta de que ganaba sus proyectos con la misma pala con que sus adversarios cavaban su fosa.
De aquí nace otra conclusión: la política chilena está en su punto más alto de sofisticación. Los díscolos, los testimoniales, los vociferantes, los ingeniosos, tienen poco espacio; los próximos meses pertenecen a los políticos más finos, a los que pueden mirar debajo del agua. Pero esto exige también mucha prudencia al nuevo gobierno. En los 90, Aylwin y sus ministros aceptaron de entrada dos cosas desagradables: que enfrentaban a una oposición poderosa y que no debían intentar jugarretas (Aylwin sólo se las hizo a Pinochet, nunca a los partidos opositores).
Para resucitar una política de acuerdos, no hay otra forma que dar cierta confianza a los interlocutores. Es una mala idea negociar un arreglín parlamentario con el PRSD Fernando Meza (y otro paralelo con su mentor, José Antonio Gómez) para convertirlo en el símbolo de la traición a tres días de la elección. Es una mala idea que el senador Allamand increpe al ministro Andrés Velasco por sus dichos sobre los negocios y un día después el abogado del Presidente anuncie que el dinero de la venta de Lan seguirá en sus manos, y peor idea que más tarde haya una corrección para volver al fideicomiso (entonces, lo primero, ¿era por si pasaba?). Es una mala idea cruzar la calle por donde no se debe. En general, todos los atajos son malas ideas.
Como Aylwin, Piñera se enfrentará a una oposición poderosa, y no ganará gran cosa si su natural esfuerzo por dividirla es áspero y estridente. Una segunda “democracia de los acuerdos” requiere descubrir algún grado de urgencia en una sociedad que no parece tenerla. Nada fácil.