Ecuador.- Por mil extrañas razones, tarde o temprano las revoluciones sucumben ante la irresistible atracción que ejercen los líderes fuertes. Llega a tal punto esa tendencia que a partir de un determinado momento la revolución tiene nombre y apellido. De ahí en adelante, cuando el líder estornuda la sociedad entera se resfría. Lenin, Stalin, Mao y Castro son sin duda los ejemplos emblemáticos. Cada uno de ellos logró imponerse sobre sus pares –muchas veces con prácticas no santas- hasta hacerse dueño de la marca, para decirlo en los términos de los publicistas. Así, líder y revolución pasaron a ser una sola cosa, aunque esta última hubiera perdido todo su contenido y solo conservara la retórica del inicio.
Pero hay también los casos en que, a pesar de los empeños del gran conductor y de sus círculos multicolores, no cuajó esa fusión. Esos fueron los episodios en que ambos, líder y revolución, acabaron en malas condiciones. Sin ir muy lejos, la mejor muestra de esto se encuentra en nuestro propio patio, en los infatigables esfuerzos de don Eloy para encarnar –él y solo él- la revolución de comienzos del siglo XX.
Vale comenzar recordando que él recibió en su destierro panameño el llamado de los dirigentes del movimiento del 5 de junio de 1895. Se convirtió así en un primus inter pares, el primero entre sus iguales, lo que le valió asumir la conducción de las batallas decisivas y encabezar el primer gobierno revolucionario. Al finalizar éste, y para no perder con papeletas lo logrado con bayonetas, impuso su voluntad para seleccionar a su sucesor. Sin embargo, cuando comprobó que el escogido caminaba con cuerda propia intentó revertir la decisión. No tuvo éxito en esa ocasión, pero acumuló experiencia para la próxima. Esta se presentó cuando había que escoger al sucesor de Leonidas Plaza. En medio de fuertes discrepancias y aprovechando la falta de acuerdo dentro de la cúpula liberal, Alfaro volvió a imponerse, solo para arrepentirse de inmediato. Esto determinó que el gobierno de Lizardo García durara apenas los cuatro meses que requirió Alfaro para armar su golpe del 1 de enero de 1906.
Al finalizar su segundo gobierno se presentó nuevamente el problema de la sucesión. En medio de otros desacuerdos, escogió a Estrada y, como lo hizo en las dos ocasiones anteriores, de inmediato intento dar marcha atrás. La asonada popular del 11 de agosto de 1911, que puso en peligro su vida, le obligó a respetar el resultado electoral y a marchar al exilio con el compromiso –escrito de su puño letra en la Embajada de Chile- de no volver jamás a la política nacional. Ese jamás duró cinco meses, hasta que la muerte de Estrada y los levantamientos armados de su sobrino Flavio y su incondicional Montero le hicieron recordar que él era la revolución y que la revolución era él.
Después de su inmolación el liberalismo quedó a la deriva. Ya no había líder ni revolución para cortar las manos a la plutocracia que creció a su amparo.
*Foto extraída de Flickr (http://www.flickr.com/photos/el_visigodo)