Si sólo se mide por las encuestas, el gobierno está empatado consigo mismo al cumplir sus primeros 100 días. La aprobación a la gestión del Presidente Sebastián Piñera se ha movido muy poco en relación con los 52 puntos que le dieron la victoria en enero pasado, contrastando con los 69 puntos que acumulaba Ricardo Lagos en el mismo período, y con los dramáticos giros que llevaron a Michelle Bachelet primero a los 67 y luego a los 56 puntos. En comparación, los números de Piñera han sido más modestos y más planos.
Recuerdo hace varios meses, llegando medio somnoliento a dejar a los niños al colegio, haber escuchado en la radio a Marcelo Bielsa diciendo que una selección nacional tenía que expresar lo que era el país. Su pretensión, confesaba, era lograr con los muchachos de la selección lo mismo que Michelle Bachelet había conseguido de los chilenos: sacar lo mejor de sí. "Si logro que se exprese -recuerdo que decía- este Chile que miro y admiro todos los días, con esta capacidad para salir adelante de experiencias dolorosas, con este orden y esta disciplina ejemplares, y que ha alcanzado progresos materiales enormes, me sentiré plenamente satisfecho". Pero a Bielsa le faltó un detalle para ser exacto: que él venía a ejercer un rol opuesto al de Bachelet. Venía a ejercer la "función paterna".
Los ecos del discurso del 21 de mayo se apagaron. La emergencia del 27F está bajo control. La oposición se asienta cómodamente en el Congreso y asoma su ya legendario poder en las calles. El Gobierno ahora tiene que mostrar resultados: no basta con pronunciar frases altisonantes ni declarar una vez más sus deseos. La política retoma, así, su prosaica materialidad.
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