Si sólo se mide por las encuestas, el gobierno está empatado consigo mismo al cumplir sus primeros 100 días. La aprobación a la gestión del Presidente Sebastián Piñera se ha movido muy poco en relación con los 52 puntos que le dieron la victoria en enero pasado, contrastando con los 69 puntos que acumulaba Ricardo Lagos en el mismo período, y con los dramáticos giros que llevaron a Michelle Bachelet primero a los 67 y luego a los 56 puntos. En comparación, los números de Piñera han sido más modestos y más planos.
Hay una extraña paradoja en el proyecto de ley de reconstrucción. El Presidente ha propuesto un aumento de los impuestos a las grandes empresas que lo distancia de los arquetipos de la derecha. Los adversarios históricos reunidos en la Concertación se oponen al proyecto, no porque les disguste, sino porque sospechan de él. ¿Está aquí el fondo del debate? No. Está en un intangible que desborda los datos y el proyecto mismo: la confianza política.
La "nueva forma de gobernar" no es un modelo ideológico ni político, sino administrativo. En cualquier latitud ideológica esta podría ser la peor fuente de frustración para la derecha. Pero es evidente que el Presidente apuesta a que los resultados, la calidad de gestión, los números y los indicadores terminen por aplacar esas aprensiones.
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