Las declaraciones de quien fuera por pocos días embajador en Buenos Aires, trivializando las consecuencias del régimen militar; las palabras posteriores de un ex ministro de ese régimen, comparando la conducta del Presidente Allende con la de Hitler; el triunfo del ala más conservadora en el partido del Presidente Piñera, Renovación Nacional, y las resistencias que ha despertado en la coalición de gobierno el propósito del senador Allamand de activar lo que fue una promesa de campaña sobre la llamada “vida en común” han puesto de manifiesto algo que muchos se han esforzado por negar: la existencia de una derecha de corte conservador y autoritario, que precede con mucho a Pinochet y permanece viva después de su desaparición, pues está diseminada en todos los intersticios de la sociedad chilena.
Si sólo se mide por las encuestas, el gobierno está empatado consigo mismo al cumplir sus primeros 100 días. La aprobación a la gestión del Presidente Sebastián Piñera se ha movido muy poco en relación con los 52 puntos que le dieron la victoria en enero pasado, contrastando con los 69 puntos que acumulaba Ricardo Lagos en el mismo período, y con los dramáticos giros que llevaron a Michelle Bachelet primero a los 67 y luego a los 56 puntos. En comparación, los números de Piñera han sido más modestos y más planos.
Los ecos del discurso del 21 de mayo se apagaron. La emergencia del 27F está bajo control. La oposición se asienta cómodamente en el Congreso y asoma su ya legendario poder en las calles. El Gobierno ahora tiene que mostrar resultados: no basta con pronunciar frases altisonantes ni declarar una vez más sus deseos. La política retoma, así, su prosaica materialidad.
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