Los invitamos a leer la contribución que hizo Andrés Palma, Gerente General de TIRONI Perú, a “El Post” en donde analiza el caso de las nanas.
En las salas de cine, en las piscinas de los clubes privados de Lima y -por lo visto- en zonas residenciales de Santiago como Chicureo, por estos días se está desarrollando la misma trama, con actores distintos.
No pudo llegar en mejor momento The Help a las carteleras de los cines. La película que narra las miserias del servicio doméstico de raza negra en Estados Unidos, desafortunadamente, es un espejo de lo que ocurre en Lima, pero también en Santiago.
Por estos días el caso del condominio de Chicureo y su reglamento sobre el tránsito por sus calles, con el escándalo derivado de aquella desafortunada entrevista, ha sido seguido de cerca por la prensa peruana. Y, probablemente, ha contribuido a sensibilizar aún más a la opinión pública sobre el trato injusto que recibe el personal de servicio.
Al igual que en el valle santiaguino o en el Mississippi de la película, hoy por hoy de lo que se habla en Lima es de la discriminación que sufren las nanas en la piscina del Real Club, el recinto privado adyacente al Country Club, la primera edificación que gatilló el desarrollo de San Isidro hace más de cien años.
Lo que se acusa es que las chicas de servicio podrían contaminar con hongos el agua de la pileta, para desgracia de los socios y sus familias (si ya han visto The Help, el argumento sonará parecido). Un canal de televisión hizo un reportaje y trató de recoger versiones oficiales, sin éxito. Salvo por la declaración de un socio que, indicando en tono amenazante al periodista, le espeta: “¿tu dejarías que una chica se metiera en la piscina de tu casa con los pantalones remangados?”.
No es la primera vez que se conoce un caso así. Un amigo español, dueño de un bar ficho (pituco) de Miraflores me contó hace algún tiempo de una queja por el servicio que le dejó un cliente en el Facebook del local. Eso sí, el cliente se preocupaba de aclarar que el mozo era “un blanquito de cabello rizado”. Y cuando llevaba poco tiempo por acá, escuché cómo un cliente de un gimnasio miraflorino le advertía a otro que tuviera cuidado, nuevamente, con las infecciones: “No pases por ahí descalzo pues, que estos monos ni para trapear el piso sirven”.
Pero como dice Rosa María Palacios, respetada periodista del Perú, en su espacio del mediodía de una radio limeña: “los pecados de otros, no te convierten en santo”. No podría decir que en el país mapochino (como se conoce a Chile acá) jamás nadie haya pronunciado una frase así, denostando al servicio doméstico. Desafortunadamente, nuestros pecados societales son mucho más comunes de lo que pensamos y tendrán que ver con nuestra raíz sudamericana-colonial, o tal vez obedecen a un efecto colateral de la inequidad: el desigual acceso a salud, educación, vivienda finalmente se les termina enrostrando a quienes lo padecen, como si estuviera en sus manos (y no en el Estado) resolverlos.
Tal vez lo que nos está dejando el verano peruano y chileno es la sensación de que la opinión pública está menos dispuesta a tolerar el trato injusto, basado en la raza o en la condición social. Pero personalmente tampoco creo que vayamos tan rápido ni acá ni allá: mientras no exista un cambio en las propias elites de que el trato se debe basar en otros estándares (más allá del prejuicio racial o socioeconómico), poco va a ser el cambio. En esta línea, llama la atención lo deslenguado que es Carlos Galdós, columnista de la revista sabatina de El Comercio, quien hace un par de meses se despachó una declaración de aquellas. Como no está disponible por internet, lo mejor que pude pillar es esta foto del texto que alguien colgó en twitter.
Pero también sucederá cuando deje de ser una anécdota de la prensa. Hasta el momento, nos enteramos periódicamente de tal o cual situación, que desatan las apasionadas quejas o defensas de los personajes, pero todo finalmente vuelve a quedar en el mismo sitio (hasta que el siguiente caso de discriminación en pleno siglo XXI vuelva a generar controversia y debate).
Sería hora de ir pasando más allá y ver cómo se genera el cambio de actitud, que es allí en donde radica la solución del problema. Más de alguien podrá pensar en normas legales, pero está claro que son letra muerta: sin ir más lejos, la municipalidad metropolitana de Lima tiene una ordenanza contra la discriminación y aun así la noticia del verano es que una nana no puede poner los pies en la piscina del club de sus patrones.






